El Dr. Mario Garcés es una figura central de la historiografía social chilena. Su obra ha desplazado el foco hacia pobladores, trabajadores, movimientos sociales y memorias populares, articulando investigación académica, historia oral y trabajo con comunidades.
Su candidatura, respaldada por el Departamento de Historia y el Consejo de Facultad de la Facultad de Humanidades, abre una conversación sobre el lugar público de la historia.
-Profesor, ¿cómo ha vivido esta candidatura al Premio Nacional de Historia?
Me tiene muy movilizado porque ha sido muy grato. El valor del reconocimiento entre profesores, estudiantes, amigos, organizaciones sociales, me ha tenido muy contento y también muy conmovido.
-Buena parte de su obra ha puesto en el centro a pobladores, trabajadores y memorias populares. ¿Qué cambia cuando esos sujetos pasan a ser protagonistas?
La historia se hace más democrática, deja de ser monopolio de las élites y del Estado. Creo que lo que yo he hecho, y muchos otros historiadores hemos hecho en los últimos años, ha sido justamente abrir el campo y reconocer la historicidad de una diversidad de grupos sociales, particularmente de grupos populares.
En mi caso, esto tiene una historia: es el aprendizaje que hago después del golpe de Estado. Me vinculé con trabajos de la Iglesia Católica en los barrios y lo que percibí ahí eran preguntas a la historia, surgidas desde la base social y desde la memoria: por qué nos ocurrió esto, qué nos pasó, qué efectos va a tener sobre la sociedad.
-En sus investigaciones sobre el movimiento de pobladores, la vivienda aparece no solo como demanda social, sino como una forma de producir ciudad. ¿Hay alguna experiencia que le haya permitido comprender esa dimensión?
Cuando estaba haciendo mi tesis doctoral, entrevisté a una señora de Villa Francia que me contó su vida. El relato empezaba en el conventillo, por la calle San Pablo; luego vino una casa de acogida para mujeres, el arriendo con dificultad y, finalmente, después de una toma de sitios, Villa Francia.
Para mí fue muy impresionante esa entrevista, porque el relato empieza en el conventillo y, cuando estamos terminando, me doy cuenta de que estábamos sentados en el living de su casa, tomando un café, en una casa en forma, completa. Y dije: esta es la historia que tengo que hacer. De ahí viene también el título de mi libro, Tomando su sitio, porque la toma de sitio era una forma de toma de posición en la ciudad. Era más que la vivienda; era realidad cultural, vida social, otro lugar en la ciudad.
-La historia oral, la memoria popular y las historias locales han sido pilares de su trayectoria. En ese trabajo, ¿ha visto cómo las comunidades reciben sus investigaciones y se reconocen en ellas?
Una vez, una estudiante de Historia que venía de la población Violeta Parra me dijo: ‘En su libro aparece nuestra población’. Ella se lo comentó a su mamá, y su mamá dijo: ‘Bueno, entonces hay que invitar a las vecinas y vamos a conversar’. Nos juntamos, leímos esa parte del libro, y lo que sentían su mamá y sus vecinas era que ellas eran parte de la historia.
Para mí fue un halago enorme. Sentí que si mi trabajo ha servido para reconocerse y sentirse parte de esta sociedad, la misión está cumplida. De eso se trata: reconocerse con historia.
-Frente a la actual crisis habitacional, ¿qué lecciones entrega esa historia para pensar el vínculo entre Estado, políticas públicas y participación social?
El problema de la vivienda en Chile ha sido permanente y expresa una gran dificultad del Estado para prever cómo van creciendo y reconfigurándose las necesidades habitacionales. En los noventa hubo cierto optimismo en la clase política, que anunciaba el fin de los campamentos. Y nada. Llegamos a 2010, 2020, y hemos vuelto a cifras semejantes de miles de personas que carecen de vivienda.
Yo creo que acá el tema fundamental es el déficit democrático, el déficit de participación social. La transición se hace relegando a un segundo plano al mundo de las organizaciones sociales y privilegiando a los partidos políticos, las instituciones y el Estado. Chile adolece de una suerte de estatismo que ha marcado su historia, que inevitablemente es elitista y oligárquico y pone en segundo plano a la mayoría de la sociedad.
-¿Qué exige investigar memoria e historia reciente con comunidades?
Hay que entender que uno no puede invadir un barrio. Uno no llega bajando en paracaídas. Al barrio se llega estableciendo vínculos con las propias organizaciones comunitarias.
En La Legua, llegué en 1998 por invitación de Mariano Puga. Él me invitó a conversar sobre el impacto de la droga y el tráfico. Mi primera respuesta fue decirle: está bien, Mariano, pero necesitamos reunirnos con las comunidades. Desde ahí fuimos estableciendo vínculos con una red de organizaciones sociales.
Ese primer trabajo derivó en algo que la propia comunidad planteó como necesidad: formación de dirigentes sociales, capacitación y reforzamiento de redes. Pasamos dos años en ese campo. Después, cuando ya nos conocíamos y habíamos generado confianza, me hizo sentido indagar sobre el impacto de la represión. Había una memoria del golpe y de la dictadura muy relevante. Entonces les propuse hacer un nuevo proyecto y ahí empezamos a trabajar en profundidad.
-Pensando en las nuevas generaciones, ¿cuál cree usted que es la responsabilidad de quienes se forman en historia?
Creo que uno de los desafíos mayores es no despolitizarse. ¿Qué quiero decir con esto? Que sus preguntas, su producción de saberes, debe ser capaz de seguir dialogando con la sociedad. No puede estar separada. No puede ser solo una palanca de desarrollo personal o profesional.
Historia y memoria tienen que ser pensadas y vividas en una fuerte imbricación con la sociedad. Hay que estar vinculado. Ese es, probablemente, el desafío principal.
