Para Miguel Ángel de la Sotta Cerbino, tras más de medio siglo de carrera docente en la Usach, es en el contacto con sus estudiantes donde más se aprende y donde se enriquece la generación de conocimiento.
Motivado por un profesor reconocido entre los estudiantes por su exigencia, se propuso mejorar su oratoria y sus habilidades para hablar en público. Características que, tiempo después, llamaron la atención del docente a cargo de los proyectos de título de su generación.
Luego de realizar una exposición junto a dos compañeros, este profesor le ofreció la posibilidad de trabajar como su ayudante. Así comenzó su camino en la docencia. Inició su trayectoria como ayudante de Teoría de Proyectos y, tiempo después, fue contratado por la Universidad como académico de jornada completa.
Siendo el menor de cinco hermanos en una familia que buscaba mejorar su situación económica, su madre tomó una decisión pensando en su futuro. Al verse ya mayor y padeciendo las enfermedades típicas de la edad, decidió matricularlo en una escuela técnica para que, si algún día ella faltaba, él tuviera una profesión en la que pudiera apoyarse. Así, Miguel dejó el Liceo Valentín Letelier para estudiar Electricidad en la Escuela Industrial de Conchalí.
“Empecé en la escuela de Conchalí, que me quedaba cerca, pero no había quinto año, entonces ahí tuve que ir a hacer el quinto año en la Escuela Industrial de San Miguel. De ahí postulé a la universidad dando el bachillerato industrial, que era lo que se daba en ese tiempo”, cuenta el docente.
Padre de tres hijos, vive hace 25 años en Viña del Mar y viaja una vez a la semana a Santiago a dictar clases en el Departamento de Ingeniería Eléctrica los días jueves y viernes. De corazón humanista, Miguel comenta que siempre le gustó escribir, pero que por necesidades económicas, su camino se dirigió hacia la ingeniería. “Me gusta mucho estudiar y practicar cosas nuevas”, asegura. Ese interés, sumado a su hambre de conocimiento, hizo que con el tiempo se enamorara de la profesión.
“Siempre me gustó más la parte humanista, inclusive yo escribía bastante, teníamos grupos de teatro y recibí un premio en la universidad por poemas, pero yo sabía que eso no me iba a dar una posibilidad de supervivencia con seguridad. Entonces ahí decidí estudiar, a pesar de que no era lo que más me gustaba, en el sentido íntimo”, afirma.
Este mismo gusto por el estudio y el conocimiento fue lo que lo llevó al mundo de la investigación. Cuenta que en el año 1985 llegaron algunos profesores a la recientemente nombrada Universidad de Santiago, entre quienes se encontraba el Dr. Eligius Vancek, quien poseía el mayor grado académico y provenía de la U. Técnica de Múnich. Ambos trabajaron en el Departamento de Ingeniería Eléctrica ejerciendo actividades de docencia, investigación y extensión. Cada profesor se desempeñaba en estas tres áreas en mayor o menor medida. Sin embargo, fue el doctor quien introdujo el área de investigación con mayor fuerza en el departamento.
Ya llevaba 15 años impartiendo clases cuando el Dr. Vancek llegó a proponer un mundo de posibilidades. “Nos preguntó a los profesores que habíamos ahí qué materia queríamos estudiar y nos propuso algunas alternativas. Yo elegí la alternativa de la fibra óptica, que en ese tiempo estaba recién naciendo, de manera que llegué a ser uno de los que más sabía de fibra óptica en Chile y tengo muchas publicaciones en esa área”, comenta.
La posibilidad de investigar, aprender, proponer e innovar fue un punto de inflexión en su carrera profesional, lo que impulsó la construcción de un camino nutrido entre el conocimiento y la experiencia. Como resultado, Miguel fue jefe del Laboratorio de Telecomunicaciones y jefe del Laboratorio Control Automático y Sistemas Digitales de la Universidad de Santiago. A la fecha tiene 17 publicaciones en el área de telecomunicaciones y 20 en el área de enseñanza en ingeniería. Ha dictado 11 cursos de capacitación y guiado más de 40 trabajos de título. Se ha adjudicado becas de perfeccionamiento en países como Japón, Estados Unidos, España y Brasil.
Sumado a esto, De la Sotta ha trabajado en importantes empresas relacionadas a las telecomunicaciones. Estuvo tres años en Entel-Chile, luego en el Centro Internacional de Capacitación en Telecomunicaciones en la empresa Cincatel de Japón, como ingeniero, relator de cursos y coordinador académico. Posteriormente se desempeñó en Alcatel Submarine Networks como instructor en equipamiento para enlaces submarinos de fibra óptica y diseñador de cursos de capacitación. Trabajó durante 20 años en la Academia Politécnica Naval como administrador académico de laboratorios y profesor civil.
Todo lo anterior lo hizo sin dejar de impartir clases en nuestro Plantel. “Estuviera trabajando donde estuviese, siempre seguí haciendo clases en la universidad. Estando allá me siento muy bien, me gusta mucho hacer clases y principalmente tratar de innovar cosas dentro de lo que se está haciendo”, sostiene.
Con cerca de 56 años impartiendo clases, su vocación docente se fortalece con cada nueva generación que llega a las aulas. Su motivación radica en las posibilidades de formar personas y compartir conocimiento a través del vínculo con el estudiantado y los demás profesores. Es en la docencia que sostiene sus ganas de aprender y transformar.
“Yo diría que la docencia no debe dejarse de lado. La investigación es importante, yo también he participado en investigaciones anteriormente, pero pienso que el espíritu de las universidades se basa en la docencia, especialmente en la de pregrado. Y creo que ahí se tienen que colocar gran parte de los esfuerzos, porque eso vuelve más poderoso y más fuerte el efecto sobre la sociedad, en la medida que entreguemos buenos ingenieros y buenos profesionales”, afirma.
Pero la convicción por formar personas no ha estado apartada del sentido de realidad social. Para el académico, la docencia no tiene las mismas implicancias en todas las instituciones de educación superior. Nuestro Plantel tiene para él un sello particular.
“La Usach y la UTE siempre han estado más ligadas a un tipo de personas que son sacrificadas, que llegan ahí por méritos propios, y estudiantes y docentes tienen características bien definidas, muy propias del chileno en general, y quienes enseñamos provenimos de lugares que nos han significado mucho trabajo y sacrificio, entonces eso lo mantiene a uno, porque encuentra personas parecidas a uno”, agrega.
Y es ese origen el que mantiene el interés del profesor por seguir impartiendo clases en esta universidad. Para él, la Usach se caracteriza por ser un espacio académico que le permite a la juventud que no cuenta con una historia de privilegios, la posibilidad de desarrollarse y transformar la realidad en la que han estado inmersos por generaciones.
“Las características que tienen los estudiantes y los profesores, el ambiente, el lugar donde está ubicado, todo hace que sea una Institución muy pegada a la raíz del pueblo, a la raíz de las personas normales y como una alternativa real de que las personas puedan salir de su estado original. De hecho para mí fue así, mi familia era pobre y yo estudié gracias a becas, entonces esa facilidad y esa cercanía que siempre encontré, es lo que me mantiene con la Universidad”, reconoce el docente.
La trayectoria del ingeniero en esta Casa de Estudios refleja el sentido y la convicción que han guiado su quehacer profesional. A sus 78 años mantiene intactas su energía y sus ganas de hacer clases. La docencia ha sido el motor que moviliza sus días y la guía que orienta su camino.
“La Usach siempre ha significado en mí algo grato de ir. Cuando voy a trabajar sé que me voy a encontrar con alumnos que van a estar dispuestos a aprender, a hacer esfuerzos, colegas con los que vamos a conversar, discutir temas, siempre es interesante ir a la universidad”, admite.
Al mismo tiempo, el docente agradece enormemente el apoyo recibido a lo largo de su carrera profesional y la disposición a participar en las ideas que él propone. Reconoce que sin la ayuda del personal administrativo, auxiliar y técnico, el desarrollo del trabajo práctico sería imposible llevarlo a cabo.
Es por eso que, para Miguel, trabajar en la Usach ha sido más que una experiencia; se ha transformado en parte de su historia. “Haber estado en la universidad para mí ha sido siempre una gratificación de vida, sencillamente hacer de mi vida algo que me gusta (...) la veo como parte de la familia, de una familia grande, en que uno puede expresarse y siempre recibir ayuda, puede colaborar, donde hay diferentes niveles de contacto, con estudiantes, funcionarios y otros colegas que hacen grata la estadía”, confiesa el profesor.
